Español

Hong Kong 2.0

 

Autor: Ignacio M. García-Galán

Con 2017 marcando el 20º aniversario del retorno de Hong Kong a China, es posible que a ojos de los visitantes los cambios parezcan pocos más allá de la construcción de algún que otro nuevo rascacielos que florece en este enmarañado bosque de edificios. Los rascacielos de Hong Kong y sus interminables bloques residenciales conforman la postal más célebre de uno de los principales centros económicos de Asia. Sin embargo, en las estrechas calles que quedan escondidas entre ellos, se puede apreciar un creciente sentimiento de ansiedad.

hong-kong-28442_960_720

Hong Kong está, en realidad, cambiando cada día y, según la mayoría de sus habitantes, no necesariamente a mejor. La ola de miedo a la pérdida de libertades, entre ellas la de expresión, que precedió a la devolución de julio de 1997 no ha desaparecido. De hecho, ha aumentado de manera abrumadora en los últimos años, tras un período de tensa calma seguido de diversos escándalos políticos y de manifestaciones estudiantiles.

Desde el 1 de julio de 1997 un peculiar estatus ha mantenido a este pequeño territorio, de apenas mil kilómetros cuadrados, como una región de administración especial. En base a ella, Hong Kong tiene su propio banco y su propia moneda, un sistema multipartidista con elecciones abiertas, sus propias fuerzas de policía e incluso su propio comité olímpico, gracias al cual Hong Kong puede competir en cualquier disciplina y evento como si de un estado independiente de China se tratase. En manos de Pekín apenas quedan la defensa militar del territorio, el control de su espacio aéreo y el cobro de algún impuesto. A pesar de todo, la bandera roja, con sus cuatro estrellas doradas, se alza a la entrada de todos los edificios oficiales, siempre al lado de la hongkonguesa, roja también y decorada con una flor de bauhinia blanca. En teoría, el sistema actual debe mantenerse vigente durante cincuenta años, pero a medida que el tiempo pasa, los honkongueses no pueden evitar preguntarse qué será de su ciudad en 2047.

Es posible que los niveles de crecimiento del Puerto Fragrante, que es lo que Hong Kong significa en cantonés, puedan despertar la envidia del mundo entero. No obstante, a medida que la excolonia británica se ha convertido en un símbolo de la Nueva China también se ha vuelto más dependiente de esta, y aunque sea el paradigma del célebre dogma “Un país, dos sistemas”, es innegable que el brazo de Pekín es cada vez más largo y la influencia de sus líderes cada vez mayor. Los hongkongueses perciben, más allá del bienestar económico, un peligroso cambio en sus valores sociales y en sus sistemas legales.

Durante más de un siglo su población creció con la llegada de inmigrantes de la China continental prestos a servir de mano de obra. A día de hoy, por el contrario, los nuevos inmigrantes chinos en Hong Kong suelen ser nuevos ricos y grupos de inversión. Los mainlanders (chinos continentales) se han convertido en una suerte de casta propia, en un grupo creciente y con gran influencia. Con el despegue de la República Popular, una agresiva campaña se ha puesto en marcha para convertir a los ciudadanos de Hong Kong en ciudadanos modelo de la nación, empezando por la implantación del chino mandarín, idioma oficial del país pero que era una lengua hablada por apenas uno de cada tres hongkongueses antes de 1997. Para incrementar el nivel de paranoia, entre 2012 y 2016 casi la mitad de los bebés nacidos en la ciudad fueron de padres mainlanders y, desde 2007, un 38% de los matrimonios tuvieron a un hongkongués por marido y a una mainlander por esposa. Muchos creen que las semillas de la absorción ya están empezando a germinar.

Irónicamente, la democracia llegó muy tarde a Hong Kong. Tras 145 años de dominio colonial, los británicos finalmente decidieron implantar un sistema de elecciones y partidos en 1984. El objetivo de la medida, más allá de desarrollar a la sociedad y de estimular su participación directa en los asuntos de la villa, fue poner una bomba de relojería en el vientre de China, teniendo también en mente la posibilidad de retrasar la fecha de devolución. Londres intentó aplazar su salida hasta en tres ocasiones diferentes, la última de ellas en 1989 utilizando los incidentes de Tian An Men como pretexto.

Si bien casi ningún joven mainlander ha oído hablar de lo que sucedió en Tian An Men en junio de 1989, este episodio marcó a tres generaciones de hongkongueses, que a menudo lo usan como ejemplo ilustrativo de lo que la creciente influencia china les podría traer. Y es que, durante décadas, Hong Kong fue también un refugio para numerosos disidentes del régimen y exiliados varios, y continuó siéndolo incluso después de 1997. Hong Kong es la única ciudad china en la que se celebran manifestaciones libres en pro de los Derechos Humanos, la democracia o incluso en favor de la independencia del Tíbet. Siempre se han llevado a cabo sin miedo y sin presiones, al menos hasta que hace un lustro la situación comenzó a cambiar. Los gobernantes de la ciudad se han vuelto cada vez menos tolerantes con según qué manifestaciones o protestas y muchos jóvenes en Hong Kong acusan abiertamente a la policía y a la actual administración de ser vasallos del Partido Comunista Chino. Ya se han dado las primeras detenciones de manifestantes y de líderes estudiantiles y, como se pudo ver en la reciente Revolución de los Paraguas, la policía antidisturbios ha salido a la calle por primera vez en años y no precisamente a repartir caramelos. Los manifestantes denuncian una actitud más agresiva de la policía hacia ellos, achacando esto a una cuestión innegable: que Hong Kong se ha convertido en el centro comercial y de recreo favorito de los chinos ricos y que no resulta conveniente amargarles la fiesta.

Es probable que este episodio no sea más que una continuación del carácter dual de Hong Kong. Guarida de piratas y de contrabandistas, pasó a ser una posesión de Su Graciosa Majestad en la que los límites entre lo legal y lo ilegal no siempre estaban definidos, dando a luz a una ciudad de gángsters, banqueros y héroes, retratada hasta la extenuación en un sinfín de películas con su propio elenco de estrellas locales. Sin embargo, esta época dorada de crimen organizado tuvo su culmen entre 1960 y 1980, curiosamente en el mismo momento en el que los movimientos izquierdistas y los grupos pekinófobos estaban también su máximo apogeo. Lo gracioso es que incluso las mafias se han visto afectadas por el retorno, habiendo trasladado la práctica totalidad de sus operaciones al continente, que ofrece un mercado mucho mayor y más barato, con más rutas de huida y posibles escondites que el pequeño Hong Kong. En esencia, Pekín espera que la ciudad siga siendo lo que es ahora, una fábrica de hacer dinero, al menos por el momento. Pero está claro que, a medida que el crecimiento de otras grandes urbes chinas de la zona sigue adelante inexorable, crecen también las posibilidades de que Pekín acabe absorbiendo Hong Kong y convirtiéndola en una ciudad costera más. Al fin y al cabo, poco tienen que envidiar ya Guangzhou o Shenzhen a su vecina.

A medida que la noche cae sobre la ciudad, las luces de neón iluminan los inmensos edificios que se asoman a la Bahía Victoria. Los inagotables ríos de gente, los característicos taxis rojos y el olor de los puestos callejeros de comida lo inundan todo. Cientos de barcos, grandes y pequeños, cruzan de la península a la isla dándole al espectáculo un toque de mayor colorido y vitalidad aún. Esta ciudad es un lugar singular, uno de esos rincones únicos en el mundo que van más allá de los cruces de culturas, estilos y mentalidades. Hong Kong siempre ha sido asociada con la palabra libertad en las mentes de sus habitantes. Mas, ¿qué significa esa idea de libertad para ellos?

Por su parte, a los mainlanders no les cabe duda de que su sistema es el mejor y, a ojos suyos, los hongkongers no son más que unos demagogos contaminados por patrañas y propaganda extranjeros. Razones no les faltan para creer ambas cosas. El milagro económico de China es hasta ahora incuestionable. La mejora en su calidad de vida e infraestructuras asombran al planeta y para los nuevos inquilinos de la ciudad el pasaporte hongkongués y su sistema educativo son sublimes.

Los hongkongueses creen en el carácter único de su espíritu y su personalidad, pensando que tal vez sea una puerta para un cambio en el Gigante Asiático. Sin embargo, muchos cuestionan si un solo Hong Kong será suficiente para lograr tamaña hazaña o si, más bien, será China la que acabe cambiando Hong Kong para siempre.