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Análisis de la situación en la península de Corea.

Ante loN2s hechos que se están produciendo estos días en la península de Corea, le hemos realizado a una entrevista a Ignacio M. García-Galán,  historiador especializado en geopolítica del Extremo Oriente. Licenciado en Geografía e Historia y en Estudios Asiáticos por la Universidad Autónoma de Madrid, tiene además un máster en gestión y prevención de crisis y conflictos internacionales por la Universidad Carlos III y la Escuela de Guerra del Ejército. Colabora asiduamente con el Instituto Español de Estudios Estratégicos.

  1. ¿Por qué cayó Corea del Norte en el comunismo?

Los factores geográficos juegan una baza muy importante. Mucho se habla de la frontera y ríos que separan Corea del Norte y China, pero la mayoría de la gente parece obviar u olvidar que el país también comparte frontera con Rusia y que esta no es una frontera cualquiera. Si bien la línea de demarcación entre ambos estados apenas supera la veintena de kilómetros, tan sólo hay 110km en línea recta (y unos 260km por carretera) desde el puesto fronterizo de Tumangang/Khasan hasta el puerto ruso de Vladivostok, que es la ciudad más grande de la Siberia Oriental y el principal puerto ruso en el Pacífico, siendo además la base de su flota en dicho océano. Por ello, derrotados los japoneses, en agosto de 1945, Moscú tenía claro que no era tolerable la existencia de una Corea unificada y pro-Occidental en una posición tan sensible para sus intereses geoestratégicos.

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Ya en la Conferencia de El Cairo de 1943, los aliados habían acordado devolver a Corea su independencia una vez Japón hubiera sido vencido. Dos años después, en Potsdam, con Alemania batida y Japón en ciernes de correr la misma suerte, Moscú y Washington comenzaron a negociar el reparto de Corea al tratar de establecer una línea de demarcación militar que delimitase las competencias de sus fuerzas en el país. Es decir, hasta qué punto o latitud los soldados soviéticos se iban a encargar de desarmar y repatriar a los soldados japoneses y de supervisar la reconstrucción de Corea, y hasta qué punto lo iban a hacer los estadounidenses. En agosto se fija dicho margen en el Paralelo 38, a más de 600km por carretera de la frontera.

Con ello, la URSS se aseguraba la posibilidad de construir un estado afín en su vecindad que cumpliera la función de tapón que mantuviese alejadas a las fuerzas estadounidenses de su suelo. Logrado eso, lo único que Moscú necesitaba era buscar un candidato para dirigirlo y, precisamente, de eso no había escasez.

  1. ¿Qué responsabilidades tienen China, Rusia y EEUU?

EEUU, por medio de su presencia militar en el país, es tanto detonante como detente, por irónico que pueda resultar. El 5 de septiembre de 1945 sus tropas entraron en Seúl prestas a cumplir con lo pactado en los acuerdos, trayendo ya consigo al que consideraban su candidato idóneo para dirigir Corea: un anciano septuagenario llamado Lee Sung-Man (o Syngman Rhee). La cuestión es que este hombre, pese a sus excelentes conexiones, había pasado los últimos cincuenta años de su vida fuera de Corea, estando bastante desconectado de la realidad y la situación del país. Y es que los estadounidenses, henchidos de gloria y victoria al haber sido la única nación que había salido fortalecida y enriquecida, de la Segunda Guerra Mundial creyeron saber mejor que los propios coreanos qué era lo que les convenía, ya que al fin y al cabo, la Corea de mediados de los cuarenta seguía siendo una nación desconocida, atrasada y agrícola.

No obstante, en el momento de su llegada, ya existía en Seúl un gobierno coreano provisional, cuyo líder, Kim Gu, había estado dirigiéndolo desde la década de los años 20 en el exilio, en China. Durante las décadas de los 20 y 30 esta organización había trabajado de manera considerable con las numerosas facciones coreanas de partisanos y de resistencia anti-japonesa que operaban tanto en Corea como en China. Una vez Japón se rindió, el 15 de agosto de 1945, sus líderes y varios de los miembros de sus brazos armados se trasladaron de inmediato a Corea. Cuando el 2 de septiembre la rendición nipona se hizo efectiva, por medio de las famosas firmas a bordo del acorazado Missouri, ya eran varios los edificios oficiales de la capital coreana en los que los funcionarios de este gobierno estaban realizando sus labores.

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Tres días después las tropas estadounidenses entraron en Seúl y Kim Gu envío una delegación para entrevistarse con el comandante en jefe de las fuerzas de ocupación, el general John R. Hodge, que rehusó recibirles hasta en tres ocasiones diferentes. De esta manera el gobierno provisional coreano quedó totalmente deslegitimado al no ser reconocido, y durante los cuatro años siguientes la mayoría de sus líderes acabaron muriendo en misteriosas circunstancias, huyendo a Corea del Norte u optando por integrarse en el nuevo gobierno de Corea del Sur.

Precisamente aquí es donde entraría en juego Rusia. Naciones Unidas fijó en 1948 la fecha para las elecciones que designasne en un nuevo gobierno coreano, celebrando primero las elecciones a la Asamblea Nacional (mayo) y, posteriormente, las presidenciales (julio). Sin embargo, las tropas soviéticas se encontraban ocupando la Corea rica, industrializada y conservadora (el norte) y, no les agradaba en absoluto la idea de que dichos comicios pudieran arrojar como vencedor a un líder contrario a sus intereses que gobernase toda una Corea unificada. Así las cosas, bloquearon la celebración de esos comicios en el norte, apoyando la creación de un gobierno comunista en esa mitad del país, dirigido por Kim Il-Sung, el abuelo del actual líder. Para afianzarla en el poder y dotarla de legitimidad, Moscú retiró automáticamente sus tropas de la península (otoño de 1948), dejando tras de sí todo el equipo y maquinaria militar que estas habían traído consigo. De esta manera, un antiguo líder partisano de 38 años, que había acabado sirviendo como intérprete y asesor en el 25º Ejército Rojo (alcanzando el rango de capitán), se convirtió en el primer líder del régimen de Pyongyang.

Por ello, a Rusia, englobando con Rusia a la fenecida URSS, le corresponde la responsabilidad de perpetuar la división de la península por medio de la creación original del estado norcoreano, propiciando su sostenimiento hasta la década de los ochenta, así como la creación de sus fuerzas armadas y la elección de su primer líder. Mientras, a EEUU, le corresponde el “derrocar” al gobierno nativo, creando de manera paralela un estado clientelar en el sur que, bajo su auspicio, abrió la antesala de la guerra en Corea por medio de la matanza indiscriminada de elementos sospechosos de ser socialistas o socialdemócratas, la cual fue especialmente dura en la región de Jeolla y en la isla de Jeju.

China, por su parte, entró en el juego con las cartas ya marcadas y el rumbo de la partida dirigido, pero es incuestionable que Mao siempre consideró la existencia de Corea del Norte como un tapón indispensable para proteger la frontera más próxima a Pekín. A día de hoy, China es lo más parecido que Pyongyang tiene a un amigo por los devenires del destino, mas no es su relación una exenta de fricciones, ni ahora ni en el pasado. Muchos culpan al país de ser el sostén económico de Pyongyang, mas la realidad es que Corea del Norte no está tan aislada en este sentido como pudiera pensarse.

  1. ¿Es Corea del Norte tan mala como la pintan?

De Corea del Norte se dice de todo. Mientras unos tratan vanamente de venderla como un paraíso socialista, paradigma de equidad, otros la presentan como un reflejo del averno en el que se vende carne humana en los mercados dominicales de manera abierta y común.

Como sucede en la mayoría de estos casos, la verdad suele encontrarse a medio camino entre los dos extremos usados para describirla.

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No cabe duda de que Corea del Norte es un régimen totalitario, cuyo culto al líder sobrepasa incluso los límites teológicos, en el que existen presos políticos, campos de trabajo y en el que se niega a sus ciudadanos la libertad de movimiento. Visto de esta manera, para los ciudadanos norcoreanos es incuestionablemente mala, si bien la mayoría de ellos lo ignora y, de hecho, cree firmemente lo contrario.

Debemos tener en cuenta que la nación coreana, históricamente, abogó por mantener una política de puertas cerradas para con el resto del mundo, manteniendo así un estado de aislamiento relativo durante siglos. Dicha dinámica tan solo fue rota cuando naciones vecinas, más grandes y poderosas, lograron someterla y ocuparla de manera temporal, casi siempre creando terribles estragos. Cuando en 1948 se estableció el régimen de Pyongyang, sus ciudadanos se encontraron por primera vez en mucho tiempo dirigidos por compatriotas, que eran además fuertes y no daban muestras de estar subyugados a ningún poder foráneo. Desde esa fecha hasta el día de hoy la mayoría de los ciudadanos del norte creen fehacientemente estar viviendo bajo el mejor sistema posible para ellos, y la guerra de 1950-1953 facilitó a sus líderes enormemente vender esa idea.

  1. ¿Consideras probable que estalle una guerra entre EEUU y Corea del Norte?

A día de hoy nada es imposible, pero desde luego, la idea de una guerra abierta entre ambos estados resulta bastante poco probable. Hay demasiadas potencias regionales y globales en la vecindad del posible escenario bélico y Washington, especialmente ahora con Trump, no parece estar por la labor de correr con el gasto económico necesario para iniciar una aventura que nadie puede aventurar con certeza cuánto duraría. Así mismo, los costes de reconstrucción que seguirían a la contienda serían enormemente cuantiosos.

  1. ¿Qué consecuencias tendría una guerra entre EEUU y Corea del Norte?

Económicamente y en coste humano podría ser desastrosa si Pyongyang se decidiera plantar cara y devolver los disparos, que es lo que siempre afirma que hará. Sin embargo, no está claro hasta qué punto está preparada para conseguir resistir.

Por lo pronto, la fuerza aérea norcoreana, que se estima posee más de 450 aeronaves, apenas cuenta con una treintena de aparatos modernos. La mayoría de sus aviones parecen ser del tipo Mig-21, un modelo con cincuenta años de antigüedad, que debutó en la Guerra de Vietnam. A ello debemos sumarle que, por la escasez de combustible, la mayoría de sus pilotos apenas pueden entrenar unas horas al año, ahondando en su inexperiencia.

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Frente a ellos, la USAF tiene una amplísima red de bases aéreas en el Pacífico, cuya punta de lanza la conforman dos aeródromos en Corea del Sur, ocho en Japón y uno en la isla de Guam, los cuales dan cuartel a casi dos centenares de aviones, casi todos ellos de última generación, entre los que se encuentran los cazabombarderos F-22 Raptor. Con semejante músculo, experiencia y arsenal, los americanos estarían en condiciones de lograr la plena supremacía aérea en menos de 48h.

Es la ofensiva terrestre donde EEUU se enfrentaría a la peor de las posibilidades. Desde 1975, el Departamento de Defensa de EEUU identifica Corea como el escenario más probable en el que se desarrollaría un nuevo conflicto bélico en Extremo Oriente. Ante el nulo respeto de Pyongyang por las leyes u organismos internacionales, el componente nuclear añade un peligroso ingrediente al cóctel. El Pentágono estima que el KPA tiene concentrado el 65% de sus fuerzas a menos de 80km de la Zona Desmilitarizada (ZDM), con 840 cañones y más de 200 baterías multi-tubo de lanzacohetes, la mayoría de las cuales apuntan a Seúl. Los analistas de la administración Clinton, ya en los noventa, pusieron en marcha un estudio de previsión en caso de conflicto. El resultado fue dramático, concluyendo que tan sólo en los primeros tres meses de lucha, las fuerzas estadounidenses sufrirían unas 52.000 bajas, contando muertos y heridos, mientras que las de Corea del Sur podrían rondar los 400.000, entre civiles y militares. La artillería del KPA podría llegar disparar contra Seúl hasta 5.000 salvas en las primeras doce horas de ataque y, aunque la contienda terminaría en la previsible derrota del régimen norcoreano, la sangría económica para lograrlo sería, igualmente, atroz. Washington y Seúl deberían hacer un esfuerzo enorme para neutralizar la artillería de la ZDM antes de mover ficha.

A ello le sucedería la ocupación del norte, con la misión de asegurarlo. Sus condiciones topográficas lo convierten en un sitio óptimo para la lucha de guerrillas, con su clima y terreno presentando un significativo problema de intendencia. Si la voluntad de luchar de los norcoreanos se acabara correspondiendo con las imágenes de su propaganda, podemos prepararnos para ver una fangosa y enquistada lucha contrainsurgencia.

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Ello traería un inevitable desgaste político, pues como hemos podido ver en Vietnam, Irak y Afganistán, la potencia de fuego masiva no suele ser determinante para resolver este tipo de conflictos. Por el contrario, el bando local, conocedor del terreno, acaba acostumbrándose a las privaciones a y vivir con ellas, mientras que para la fuerza de ocupación cada muerto propio hace que la opinión pública de su país pase de ser favorable a posicionarse en contra de la intervención.

Luego aparte estaría el famoso asunto de los misiles, que es más simbólico que otra cosa.

Buena parte de lo que ocurra, para bien o para mal, dependerá de la retórica que Washington adopte no para con Pyongyang, sino para con Pekín. Hasta ahora Corea del Norte siempre contó con la seguridad de que podría acudir a China en caso de necesitar ayuda, pero de unos años a esta parte Pekín parece cada vez estar menos por la labor de asistir al régimen de Pyongyang en sus diversos problemas. China tiene mucho más que perder si su comercio con Estados Unidos o Corea del Sur se ven afectados, y con el paso del tiempo, los problemas y quebraderos de cabeza que Pyongyang le supone a Pekín igualan o superan los posibles beneficios.

Muchos afirman que Corea del Norte sigue representando ese tapón ideal que evita que Estados Unidos coloque tropas en la frontera china. Sin embargo, China se está posicionando para ser la economía más grande del globo de aquí a un lustro, y con el crecimiento económico y militar de Pekín, dentro de poco contará con unas fuerzas armadas tan fuertes y una política internacional tan activa que la idea de tener tropas estadounidenses en su vecindad podría resultarle mucho menos intimidante. Cuando esto ocurra, bien podríamos afirmar que el ciclo de vida del régimen de Pyongyang se ha agotado. O lo que es lo mismo, que su papel de ‘tonto útil’ ha llegado a su fin.

  1. ¿Cómo crees que podría transitar Corea de Norte hacia un sistema político más libre?

En su propia voluntad está el primer paso, que desde luego no será el último, pero sí el más importante. Mas la cuestión que primeramente deberíamos plantearnos es qué coste tendría esta apertura. Para el régimen norcoreano, por lo pronto, supondría no poder mantener a su sociedad impermeable, lo cual podría minar notablemente su autoridad.

Tal vez, abordar un diálogo directo entre Washington y Pyongyang, auspiciado por Pekín, podría desembocar en el final del embargo comercial mantenido sobre Corea del Norte. Dar a Pyongyang mayor libertad para exportar y poder comprar a condición de que atenúe su retórica bélica y suavice su postura para con el sur podría ser la menos mala de las opciones posibles. Sólo entonces podríamos ver con claridad si hay o no esperanza, aunque a día de hoy hay poco lugar para el optimismo.

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